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Synthesis, vol. 20, 2013. ISSN 1851-779X
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Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios Helénicos

EDITORIAL

Carmen Victoria Verde Castro. Admiración, respeto, recuerdos y lealtad a la nostalgia

Ana María González de Tobia 

(en primera persona)

El 3 de septiembre de 2012, a los 84 años falleció Carmen Victoria Verde Castro, en la ciudad de La Plata. Nació circunstancialmente en Buenos Aires y pasó su infancia y adolescencia en la ciudad de Mar del Plata. Al comenzar sus estudios universitarios de la carrera de Letras se trasladó a La Plata, donde vivió hasta su muerte.

Fue una alumna sorprendente, con 10 absoluto de promedio  en el Profesorado en Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata. Se consagró tempranamente al estudio de la Lengua y la Cultura Griegas Clásicas. Resultaron decisivas para esta decisión dos presencias que se adhirieron para siempre a su trayectoria: su maestro, Eilhard Schlesinger y su colega y amigo incomparable, Atilio Gamerro. Ella supo transmitir la figura de su maestro a tantas generaciones cuantas la conocieron y, a su vez, los años de convivencia académica compartida con su colega y amigo hicieron que resultara definitivamente imposible hablar de Carmen Verde, sin mencionar a Gamerro.

Tuvo un paso breve como Profesora del Colegio Nacional “Rafael Hernández”, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata. La brevedad, sin embargo, no evitó que quienes fueron sus alumnos, en ese momento, la recordaran con admiración y respeto a lo largo de  los años.

En los últimos años de la década del 50, Carmen Verde obtuvo por concurso su cargo de Profesora Adjunta de Griego I. Acompañó en la Cátedra a Guillermo Thiele y también reemplazó a Atilio Gamerro en Griego II, mientras él cumplía una beca en el University College de Londres.

Años más tarde, ante las renuncias de Thiele y Schlesinger, Carmen Verde Castro obtuvo por concurso las Cátedras de Griego III y Griego IV y Atilio Gamerro las de Griego I y Griego II. De este modo, se confirmó un equipo brillante, con dos profesores de griego de excelencia, que desde su área, le dieron prestigio a la Universidad de La Plata y proveyeron a sus alumnos de las más novedosas metodologías e información crítica. Esos concursos marcaron un hito inigualable en la historia de la Facultad. Los jurados fueron prestigiosos especialistas del exterior y se encontraron con dos aspirantes que no sólo los impresionaron por su solvencia intelectual, sino que les produjeron máximo asombro, al solicitar, cada uno de ellos, que se le otorgara el primer puesto al otro. Situación inédita e irrepetible, que fue conservada dentro del acervo legendario de las cátedras de Griego de la Plata.

La disciplina filológica de Carmen Verde resultaba un verdadero alarde de inteligencia mediante la cual nos enseñó, a quienes fuimos sus alumnos, todos los secretos de la sintaxis griega y se convertía en una aventura el descubrimiento apasionante de los entramados sintácticos inesperados que puede presentar. Ella se encargó de hacernos comprender que sólo se incorpora lo aprendido si se leen la mayor cantidad de textos posibles en su idioma original y así realizamos las experimentaciones morfológicas y sintácticas con los textos de Homero, los líricos, la tragedia, la comedia y los historiadores.

Fue en esa época cuando accedí a mi primer concurso como Ayudante alumna y comencé mi carrera docente con Guillermo Thiele como Profesor Titular de Griego I.

Al finalizar el año, Carmen Verde me invitó a realizar con ella un seminario, en el año siguiente. Fue una experiencia tan difícil como enriquecedora. Nos reuníamos cada semana, con el texto de Traquinias de Sófocles, para analizar la tragedia en profundidad. Era un aprendizaje casi confesional, que marcó definitivamente la relación maestra-discípula, porque recibí las mejores herramientas y los mejores ejemplos de desempeño académico, para mi desempeño posterior.

A partir de ese momento, mi vida transcurrió con la certidumbre de su conducción académica. Me acompañó a librerías especializadas y me enseñó a comprar los libros más necesarios; realicé con su dirección, seminarios anuales, en los que fueron desfilando los diferentes textos de la Literatura Griega Clásica y llegué, con el transcurso del tiempo, a ser su Ayudante en la Cátedra de Griego III, al tiempo que fui Ayudante de Atilio Gamerro en Griego II.

La cátedra de Griego III se constituyó entonces en una comunión docente que no sólo integramos, sino que nos permitió dejar por escrito esa experiencia docente y vemos que perdura.

Mis ascensos en las categorías docentes de las Cátedras de Griego en años sucesivos, no impidieron que yo sintiera que sería, para siempre, un honor desempeñarme como su Ayudante, más allá de los estamentos que había obtenido.

Carmen Verde lograba transformar en nuestras mentes jóvenes los poemas de Homero, con una pasión que contaminaba. Sentíamos los valores heroicos de la épica como valores propios de nuestra vida diaria y, en sus análisis, la epopeya cobraba vida y se agigantaba en las acciones y la ética de sus héroes.

Píndaro fue, sin dudas, su preferido, y quienes asistimos a las lecturas que Carmen Verde realizaba de los epinicios, aprendimos para siempre a recorrer los senderos más intrincados y apasionantes de la poesía griega clásica.

La tragedia cobraba en sus explicaciones las dimensiones de pathos que seguramente imaginó Aristóteles. Se resolvían los textos en un ámbito equiparable al de la música de cámara y la comedia encontró en Carmen Verde una admiradora hasta el punto en que la muerte inesperada de su maestro frustró la presentación de su tesis doctoral sobre Ranas de Aristófanes., ya finalizada, y que se negó a presentar ante la ausencia de su director.

Carmen Verde dejó su fortuna personal en la compra de libros que disfrutamos todos sus alumnos, ya sea por el préstamo de los libros mismos, ya sea por la transmisión que de ellos ella realizaba y esto nos permitió gozar de anticipaciones sustanciales de material crítico.

En 1994, Carmen Verde Castro se retiró, en silencio, con la fatiga propia de quien transitó tantos años colmados de inconvenientes de toda índole; de tantas defensas ante la insensatez de los ataques a los estudios clásicos. Cansada, también de la ingratitud de una Facultad que le negó el Emérito, al igual que a Gamerro y los despidió con injusta indiferencia.

Sólo les brindamos una sentida despedida, quienes les debíamos tanto y les manifestamos nuestro afecto.

Desde ese momento, salvo un breve paso por el dictado de un seminario, Carmen Verde comenzó su ostracismo.

Una nueva etapa de su vida, la última, se prolongó por casi veinte años.

Su presencia y su vida fueron un enigma para los colegas del país y del exterior. De ese modo, ingresó en un ámbito mitológico, en el que cada uno diseñó a Carmen Verde, como le pareció.

Yo creo que tuve la oportunidad de conocer a la Carmen Verde real, inundada por su timidez, a la que la asustaba la gente, por eso solía decir que, para ella, dos personas eran multitud. Su carácter, pleno de rigidez y subjetividad, la hacían aparecer distante y a veces arbitraria, cuando sólo se trataba de la circunstancia de aplicar de manera estricta sus convicciones, sin concesiones, aún a costa de su propio perjuicio.

No quiso o no pudo defenderse de sí misma; pero su inteligencia resultó deslumbrante para mí y para todos los que fueron sus alumnos.

En mi caso, tuve el privilegio de que me permitiera elegirla como maestra y, a su vez, me concediera el honor de ser su discípula. Por eso, según sus propias palabras, supo mucho de mi pasado y dejó en mis manos mi devenir.

Carmen Victoria Verde Castro me permitió ingresar en esa vida propia que guardaba con tanto celo y de ese modo, ambas tuvimos una historia para contar.

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