Synthesis, vol. 33, núm. 2, e183, agosto 2026 - enero 2027 ISSN 1851-779X Dosier
Notas acerca de la cualidad poética en Aristóteles
Resumen: El artículo analiza la concepción aristotélica de la cualidad poética a partir del problema de las propiedades estéticas del lenguaje en la Poética. Partiendo de la conocida afirmación de que la belleza reside en la medida y el orden, se observa que tales criterios se aplican con claridad a estructuras espaciales o narrativas —como un organismo o una trama dramática—, pero no de modo directo a la secuencia lineal del lenguaje. En el plano lingüístico, las cualidades estéticas no derivan principalmente del orden métrico o rítmico, aunque estos puedan aportar un componente musical, sino de la selección léxica y de los procedimientos que producen extrañeza o desviación respecto del uso ordinario. En este sentido, el estudio examina los distintos recursos que Aristóteles identifica en la dicción poética —metáfora, palabras raras, alargamientos, formas dialectales u otras variantes— y su función en la producción de un lenguaje que resulte simultáneamente claro y elevado. El análisis muestra que la teoría aristotélica de la léxis se orienta a equilibrar inteligibilidad y extrañamiento, evitando tanto la trivialidad del lenguaje cotidiano como la oscuridad excesiva. De este modo, la cualidad poética surge de una estrategia de selección y combinación léxica que permite conferir al discurso una forma distintiva y estéticamente eficaz dentro de la composición dramática.
Palabras clave: Aristóteles, Poética, Léxis, Lenguaje poético, Metáfora.
Notes on Poetic Quality in Aristotle
Abstract: This article analyzes Aristotle’s conception of poetic quality through the lens of the aesthetic properties of language in the Poetics. Building on the well-known assertion that beauty lies in proportion and order, we observe that these criteria clearly apply to spatial or narrative structures —such as an organism or a dramatic plot— but not directly to the linear sequence of language. On the linguistic level, aesthetic qualities do not derive primarily from metrical or rhythmic order, although these may contribute a musical component, but rather from lexical selection and from the devices that produce strangeness or deviation from ordinary usage. In this sense, the study examines the various resources that Aristotle identifies in poetic diction —metaphor, rare words, lengthening, dialectal forms, or other variants— and their role in producing language that is simultaneously clear and elevated. The analysis shows that Aristotle’s theory of lexis aims to balance intelligibility and estrangement, avoiding both the triviality of everyday language and excessive obscurity. In this way, poetic quality arises from a strategy of lexical selection and combination that allows the discourse to take on a distinctive and aesthetically effective form within the dramatic composition.
Keywords: Aristotle, Poetics, Lexis, Poetic language, Metaphor.
Según Aristóteles, la lengua poética
debe tener un carácter extraño, sorprendente.
Víctor Schklovski, El arte como artificio
1. Preliminar
De acuerdo con una conocida frase de la Poética (VII 1050b36), la belleza (tò kalón) reside en la medida (mégethos) y el orden (táxis). Nos parece claro que esas propiedades solo se pueden dar con claridad en estructuras (artificiales o naturales) de dos o tres dimensiones, es decir, en cosas de índole perceptible (como un animal o un templo) o imaginaria (como una trama dramática), pero no en la dimensión única de una secuencia como la de las unidades léxicas en que se manifiesta discursivamente el lenguaje. En la linearidad del lenguaje la modalidad de la belleza mencionada se podría dar, en todo caso, en las estructuras tonales y rítmicas recurrentes (retenidas y esperadas por el receptor, como la del hexámetro dactílico o el trímetro yámbico), es decir, en la forma de la repetición de un paradigma regular al que se ajuste el decurso sintagmático de los sonidos. Pero en ese caso las cualidades estéticas derivarían de un componente de naturaleza musical, soportado, por cierto, por el nivel fónico de la expresión lingüística, pero no de una propiedad de las palabras como tales. A nuestro modo de ver, si nos preguntamos acerca de las cualidades estéticas que las palabras ostentan en una composición dramática como la que es el objeto central de la teorización de Aristóteles en la Poética, la respuesta debería orientarse, como el propio texto lo sugiere, en el sentido de la selección léxica o de los criterios de la selección léxica en que se basa la composición; no tomándose, pues, como guía, el criterio de la medida y el orden, que, como hemos sugerido, no es claro cómo se lo podría aplicar en el nivel léxico. En el caso señalado, la cualidad estética que las palabras exhiban no ha de ser, pues, exactamente la de la belleza (tò kalón) o, al menos, la de la forma de la belleza que deriva de la medida y el orden, sino otra cualidad. La belleza en el sentido de la medida y el orden parece requerir como soporte, según hemos dicho, dimensiones de la índole de la extensión o inherentes a ella o inherentes a relaciones de esa índole: la cualidad estética de la palabra derivaría, más bien, de factores que se podrían describir acaso como puntuales o intensionales. Sea esto último como fuere, resulta claro, en todo caso, que en la explicación aristotélica el factor del que deriva la cualidad estética de las palabras es, como hemos dicho, el de la selección léxica, la cual le confiere a la expresión propiedades contrastivas: de esas propiedades deriva su singularidad, así que esa sería la modalidad estética que le corresponde.1
No vemos la manera de formular una noción única en la que se reúnan o sinteticen la noción de belleza de una estructura que ostenta un orden y se ajusta a una medida, y la noción de cualidad estética resultante de la singularización contrastiva de las palabras. En todo caso, en la visión de Aristóteles ese contraste se da (para decirlo en forma resumida) entre las palabras que cabe esperar que se den o se escuchen, y las palabras que de hecho se dan o se escuchan, fenómeno que, por cierto, no anula el sentido ni la relación de comunicación, sino que solo lo amenaza por un momento o lo torna incierto, para mostrarlo o restituirlo a continuación desde un ángulo léxico o semántico inesperado, interesante y novedoso.
A fin de plantear la cuestión específica en el marco que nos parece más apto, cabe situar la norma a la que, según Aristóteles, se debe ajustar la selección léxica en el dominio de la poética, en el marco, más amplio, del conjunto de las normativas paralelas que, en su visión, presiden la selección léxica en otros dominios, a saber, en el de la ciencia, que es el de la demostración; en el de la dialéctica, que es el del debate, y el de la retórica, que es el de la persuasión. Por comodidad expositiva (y para no apartarme demasiado del tema específico de este trabajo, me referiré a los dos primeros (el ámbito de la dialéctica y el de la ciencia) como si fuera uno solo.2
2. Distinciones iniciales
Las normativas aristotélicas concernientes al campo de la producción poética y al de la producción retórica están expuestas en sendos tratados, a saber, la Poética y la Retórica, en los que se consideran sistemáticamente los saberes productivos en que se funda el ejercicio de una y otra.3 En la visión de Aristóteles, la índole de la capacidad poética y la de la capacidad retórica es “técnica”: por eso ambas pueden ser conceptualizadas, esto es, es posible hacer explícitas las reglas en que tácitamente se basa su ejercicio, y esas reglas pueden ser aprendidas y aplicadas como guías o criterios en la composición de nuevas piezas dramáticas y oratorias. Por otra parte, en los Tópicos y en otros lugares del Órganon Aristóteles hizo un trabajo comparable a ese a propósito de las técnicas y las estrategias en las que se pueden basar la fundamentación, la formulación y la refutación de las tesis en los debates dialécticos. Pues bien, las tres disciplinas mencionadas (la poética, la retórica y la dialéctica) se relacionan por igual con el lenguaje; ese es un factor que hace que las teorizaciones respectivas ostenten entre sí gran afinidad y tengan buena parte de la temática en común. Se debe agregar que en las tres la comunicación lingüística es concebida por Aristóteles de una misma manera, a saber, como un proceso que abarca dos operaciones: la de seleccionar las unidades apropiadas dentro del repertorio léxico de la lengua, y la de combinarlas en la secuencia de la frase.4 Por otra parte, Aristóteles distingue (particularmente en Poética XX) varias especies de entidades lingüísticas, de las que las fundamentales son dos: los “nombres” (onómata)5 y los “verbos” (rhémata): el “nombre” (ónoma) se une a un verbo, o se reúne un ónoma con otro ónoma (con un verbo tácito), y se forma entonces un enunciado (lógos), el cual, si el verbo (implícito o explícito) está en modo indicativo, es expresión provista de valor de verdad. Cabe añadir que en la base de la metodología de que Aristóteles se vale en la teorización de las tres disciplinas, hay dos puntos centrales, a saber, por un lado, la mencionada distinción de las clases de unidades que forman el repertorio léxico (es decir, una clasificación de los onómata en su acepción general) que es común a las tres áreas, y, por otro, las normas y los criterios específicos que deben guiar la selección de las unidades léxicas aptas para los fines específicos de cada de ellas (demostrar, refutar, objetar, persuadir, disuadir, etcétera), atendiéndose en todo ello, lo más que se pueda, a las infinitas notas, matices, sesgos, peculiaridades, etcétera, que los enunciados puedan presentar en el marco de un acto particular de comunicación.6
A propósito de todos los puntos mencionados Aristóteles toma implícitamente como punto de referencia lo que se puede caracterizar como la selección léxica espontánea o no reflexiva que el hablante medio hace de las unidades lingüísticas por combinar en un enunciado. Pues bien, las unidades léxicas en las que comúnmente recae o propende a recaer la selección espontánea de la generalidad de los hablantes, adquieren, por ese mismo hecho, rasgos estilísticos y semánticos definidos que se resumen en la noción de “nombre corriente” (kýrion ónoma). El rasgo estilístico fundamental del nombre corriente es la nota de habitualidad expresiva que conlleva; el rasgo semántico reside en propiedades que se pueden reunir en la noción de la eficacia significativa que esas unidades exhiben en el acto de comunicación común.
3. La eficacia significativa
La norma fundamental de la formulación de todo enunciado, aunque especialmente en la de un enunciado científico, es, en la visión de Aristóteles, la de la claridad (he saphéneia): el enunciado científico debe ser claro (saphés). En esa nota reside la excelencia de la expresión (he tês léxeos areté): como en otros contextos, ese término (“areté”) hace referencia al grado máximo u óptimo en el desempeño de la función propia o definitoria de una cosa; en este caso, en el de la función de las palabras y los enunciados, los cuales en la comunicación científica deben ostentar, pues, el grado máximo de eficacia significativa. Aristóteles ve esta cualidad como inseparable o solidaria de otras dos, que se pueden expresar como la transitividad y la univocidad de las palabras o de las expresiones. La noción de transitividad da a entender que cada palabra se limita a ser nada más que el soporte transparente de la remisión a una cosa distinta de ella; esto es, que no exhibe ninguna nota propia que obre como una opacidad que haga que el receptor se detenga o se demore en el vehículo mismo. Por su parte, la noción de la univocidad da a entender que la expresión remite a su intérprete a un contenido semántico o conceptual determinado o unitario o a un referente particular e igualmente determinado que ilustra aquel contenido. Dicho como lo dice Aristóteles, las palabras transitivas y unívocas hacen que la atención del otro se dirija inmediatamente o sin más pròs tò prâgma.7
La univocidad y la transitividad son indispensables en todo enunciado porque el papel fundamental de las palabras en el dominio científico o filosófico es de dar aconocer las cosas, esto es, su función es de índole cognoscitiva. Se habla con vistas a hacer que el receptor comprenda o aprenda un contenido (toûmatheînkhárin) o para que lo conozca (toûgnorísaikhárin) (Top. V iii 132a2; 139b15; VII i 151b28). La comunicación no tiene que quedar, pues, ceñida al solo plano verbal (no ser solo prós tò ónoma), sino que el enunciado debe atenerse a la cosa misma (tiene que ser kat’ autò tò prâgma). Aristóteles dice que la incertidumbre que conllevan los valores contrarios a esos, en particular la equivocidad y la polisemia, hacen que los hablantes no dirijan el pensamiento a lo mismo (mè epì tautòn [...] phérein tèn diánoian) (Top. I xv 106a1-10b37),8 lo cual puede ser el punto de partida de un error o de un engaño. Lo propio de las expresiones descuidadas o de las expresiones “sofísticas” (introducidas con mala intención en un debate) es, dice Aristóteles muchas veces, que en ellas las palabras no ostentan los rasgos señalados; sobre todo, que estén afectadas por alguna de las muchas variedades de la multivocidad (pollakhôs légesthai) que el filósofo reconoce y clasifica prolijamente. Esos rasgos tiñen, pues, la expresión con un componente de opacidad, que hace que se neutralicen o se mitiguen la transitividad y la univocidad dialéctica y científicamente deseables en todo vehículo sígnico.
Por lo demás, para expresar los conocimientos basta con el uso de palabras del léxico corriente que ostenten las propiedades requeridas: según Aristóteles, en la ciencia no hace falta valerse de una terminología especial formada por neologismos o tecnicismos artificiales, sino que, como lo ilustra su propia práctica expresiva, el léxico corriente ofrece recursos expresivos suficientes y aptos para las necesidades de la comunicación filosófica;9 esto es, si se las usa de manera estudiada, crítica y reflexiva, las unidades de ese léxico sirven y bastan para los propósitos de la ciencia en la medida en que cada una de ellas pueda operar como soporte o vehículo de una pura remisión a la cosa.
4. La habitualidad
Las palabras de la clase considerada, es decir las palabras corrientes (tà koinà onómata), dice Aristóteles tanto en la Poética cuanto en la Retórica, son sencillamente las que todos los hablantes conocen y emplean (Po. XXI 1457b3; Rh. III ii 33-34); por eso, aparte de operar como vehículos conceptuales, esas palabras son a la vez vehículos de la visión y de la perspectiva acerca de las cosas que los miembros de la comunidad inmediata de hablantes comparten, los cuales, como se ha dicho, recurren a ellas de manera en principio espontánea o no reflexiva. La habitualidad de su uso hace que esas palabras les resulten inmediatamente inteligibles o transparentes a todos sus usuarios. Ahora bien, cabe añadir que, por su condición de tales, las palabras habituales (kýria) les presentan a los hablantes las cosas con un componente estilístico y connotativo de familiaridad.
Ese punto se refleja de manera particularmente nítida en el pasaje de la Metafísica en el que el filósofo alude a las formas de expresión de las que debe valerse al exponer ante sus discípulos (Metaph. II iii 994b32-995a10). Las enseñanzas,10 explica, dependen de los hábitos lingüísticos de los receptores, y por eso no siempre es el mismo el léxico apropiado para todos ellos, porque, en general, “exigimos que se nos hable como estamos acostumbrados (hos eióthamen)” a hacerlo, y si el interlocutor se aparta de eso, entonces las cosas denotadas, dice, ya no se nos muestran iguales o no se muestran como las mismas, sino que, a causa de la condición de no habitual o de desacostumbrada (dià tèn asynétheian) de la expresión que se ha usado, las propias cosas se le muestran al otro como “menos conocidas y más extrañas (agnostótera kaì xenikótera)”; y eso es así, agrega, porque “lo habitual es conocido (tò gàr synethès gnórimon)”. Así que palabra habitual (kýrion) y común (koinón) es connotativamente portadora de la forma habitual de ver de los hablantes acerca de las cosas, mientras que las palabras desacostumbradas (xenikà onómata) tienen el efecto inverso (pero eventualmente interesante) de inducir en el receptor una manera de ver no habitual respecto de ellas. Por tanto, dentro del marco lingüístico general dominante, que es o propende a ser uniforme y común a todos los hablantes de una comunidad lingüística, la eventual divergencia que las expresiones formuladas por el emisor exhiban respecto de la forma de expresión media, común o acostumbrada del interlocutor, tiñe con un matiz o un sesgo de extrañeza a las cosas denotadas o a la percepción que el interlocutor tiene de ellas; al mismo tiempo les confiere a las propias palabras una densidad o un espesor propio que, aun cuando sean las habituales, las torna llamativas o visibles.
La observación de la Metafísica que acabamos considerar reviste interés porque pone de manifiesto el lazo existente entre las palabras y las cosas en un nivel previo a la relación reflexiva o analítica (por tanto, a la relación científica) que se tenga con ellas: ese lazo atestigua la originariedad de la relación que mantenemos con las cosas por vía del lenguaje. Es eso precisamente lo que hace que, como hemos dicho, las palabras familiares nos presenten las cosas como cosas familiares. Esa relación, previa a toda consideración reflexiva o previa a todo reconocimiento analítico, parece operar como una especie de grado cero invisible o tácito del vínculo cognoscitivo, perceptivo, lingüístico y práctico que nos liga con las cosas. Un corolario que parece legítimo extraer de eso, es que la relación primaria con las cosas no es concebida por Aristóteles como un lazo prelingüístico (o alingüístico), sino que ya está originariamente encarnado en el lenguaje y sustentada por él, del cual es inseparable.
5. La cualidad de la diferencia
En la visión de Aristóteles, a las “palabras corrientes” (kýria onómata) se oponen, pues, las “palabras extrañas” (xenikà onómata). Esa oposición, representa la relación léxica contrastiva fundamental. A los ojos del filósofo, la oposición mencionada no parece ser, empero, absoluta o tajante, como en consecuencia tampoco lo son la condición (y la respectiva connotación estilística) de habitual o de no habitual que es correlativa de ella: se trata, al parecer, de oposiciones graduales, como parece implicarlo el hecho de que de algunas palabras diga Aristóteles que ostentan un grado máximo de habitualidad, esto es, que en ellas la condición de kýria (“corrientes”) se da en el grado máximo, por lo que se las califica con el superlativo “kyriótata” (Top. VII ii 140a3-5).
Parece lícito suponer que el uso de palabras así (“kyriótata”) conlleva la connotación de “espontaneidad expresiva”, con la que, por otra parte, el hablante medio espera que el interlocutor se manifieste cuando habla. Ahora bien, todo lo que se aparte notoriamente de eso, deberá ser objeto de atención crítica, en particular en un contexto dialéctico. Por ejemplo, si se trata, de decir “hombre blanco”, se espera que se diga “ánthropos leukós”; eso será hablar kyríos o utilizar las palabras más corrientes (kyriótata) para hacerlo. En el extremo opuesto a ese habría que colocar la expresión que Aristóteles contrapone a la recién citada, a saber, “brotòs argós”,11 que es, desde el punto de vista denotativo, equivalente a la otra: esa expresión (como lo implica el contexto en que se la cita) le resultaba comprensible al hablante común, el cual, sin embargo, percibiría la frase como muy artificiosa y acaso al borde de la extravagancia expresiva (por lo menos usada en el registro coloquial), pues desde el punto de vista estilístico representaba un alejamiento muy marcado respecto de la forma habitual de expresarse, por más que no respecto de la inteligibilidad. Es, por otra parte, en el marco dialéctico, según aconseja allí Aristóteles, donde hay que prestar atención cuando el interlocutor de uno emplea frases así, esto es, comprensibles, pero artificiosas, porque, según advierte, ésa es una de las apariencias que suelen presentar los “lazos” o las “trampas” erísticas, a propósito de las cuales su recomendación es, desde luego, la de no conceder o no decir que sí (esto es, desde el punto de vista dialéctico, no dar como válida la premisa implícita a la que el interlocutor quiere conducirlo para contar con un punto de partida conveniente para su réplica o su refutación). En el Órganon se implica muy a menudo que la expectativa normal o regular tácita de cualquier hablante es que el interlocutor escoja, dentro del vocabulario establecido o habitual, unidades que de por sí hayan de ser percibidas como neutrales desde el punto de vista estilístico; o bien (puesto que en rigor de ninguna expresión se puede decir propiamente que es “carente de estilo”), que al menos no connote o no implique forma alguna de selección reflexiva o estudiada del léxico, sino una forma espontánea de hacerlo.
Es precisamente la que se puede describir como selección léxica “media” (esto es, la selección predominante o espontánea) la que representa el trasfondo implícito sobre el que se definen las cualidades estilísticas y conceptuales novedosas que eventualmente revisten interés estético o dialéctico; dicho de otra manera, las formas lingüísticas se singularizan, es decir, adquieren notas diferenciales que le dan un relieve, a causa del contraste que eventualmente ostenten respecto de las formas de selección léxica corrientes o normales. La cualidad que las palabras asumen al singularizarse de ese modo y cobrar por eso un matiz que haga que se la perciba como “extrañas (xeniká)” o como portadoras de un componentes de ese sesgo, está ligada al interés que, según Aristóteles, en forma natural suscita en la mente de los hombres lo que se desconoce o se conoce poco: interés que el filósofo hace valer tanto en relación con las cosas cuanto en relación con las palabras, pues en las palabras se da, dice Aristóteles en la Retórica, lo mismo que con los forasteros (xénoi) recién llegados a una comunidad, es decir, llaman la atención y despiertan la curiosidad de los habitantes locales: precisamente por eso, en los dominios poético y retórico los autores procuran hacer extraña (xéne) la expresión (Rh. III ii 14044b8-12). Proceden de ese modo porque “lo que viene de lejos o, en general, las cosas distantes (tà apónta)” causan admiración: son vistas como asombrosas (thaumastá), y por eso se las halla placenteras; es decir, porque, como señala también en otro lugar (Rh. I xi 1371a31-33), lo que sorprende es de por sí agradable (hedý), y lo es porque satisface el elemental y universal deseo de conocer que por naturaleza todos los hombres comparten, o porque está, al menos, en consonancia con ese deseo: razón que, como es sabido, Aristóteles aduce con frecuencia y considera absolutamente concluyente.
En el dominio de la poesía trágica la cualidad estética deseable deriva, según Aristóteles del equilibrio óptimo, en la composición del texto de los parlamentos, entre los dos factores fundamentales mencionados, que se corresponden con las cualidades inversas, de índole a la vez estética y semántica, que ellos aportan, esto es, por un lado, las unidades léxicas habituales o corrientes (tà kýria onómata), que conllevan claridad (saphéneia) y, por otro, las no habituales o extrañas (tà xenikà onómata), que por su condición hacen que la expresión se singularice. La consigna fundamental, que asegura la excelencia (areté) expresiva, es la de combinar sabiamente los dos factores, que, en principio están en tensión, produciendo una expresión (léxis) que sea clara (saphés) sin ser, empero, trivial (tapeiné).12 Los excesos en uno y en otro sentido llevarían o bien a una expresión incomprensible o en otra lengua o bien a una expresión cotidiana y prosaica.
Cabe notar que en el caso los argumentos científicos o dialécticos, el uso de las palabras corrientes (kýria onómata) hace que la expresión se repliegue lo más posible al plano del enunciado, rasgo negativo que es de por sí vehículo de los valores tácitos de la impersonalidad y la objetividad;13 y que, en cambio, las palabras extrañas (xenikà onómata) hacen que la expresión cobre valores connotativos que remiten al plano de la enunciación y, por tanto, a la subjetividad de un emisor de la que ha derivado la selección léxica, lo cual (como estilo personal de habla) es de por sí factor de opacidad que, según la norma ya varias veces mencionada, conlleva una nota de opacidad o de extrañamiento o distanciamiento o Verfremdung.
6. Las clases de onómata
En el capítulo XXI de la Poética y en el capítulo 2 del libro III de la Retórica se consignan, en cada caso, tres clases de unidades léxicas o “nombres” (onómata), con el propósito de aclarar las formas en que puede recaer la selección léxica a fin de producir, en el primer caso, los parlamentos de una ficción dramática, y, en el segundo caso, una pieza retórica.14 Todo indica que se trata de distinciones ya establecidas o corrientes; en todo caso, Aristóteles no consigna ningún criterio que hubiese presidido su “deducción”; tampoco da a entender que se trate de listas exhaustivas.15 Sea como fuere, la lista de las especies relevantes que se enumeran en la Poética incluye [1] los nombres “corrientes” (kýria), [2] los nombres “dialectales” (glôttai) y [3] la metáfora (metaphorá); en la Retórica las clases son: [1] los nombres “corrientes” (kýria), [2] los nombres “propios” (oikeîa), y [3] la metáfora (metaphorá) (Po. XXII 1459a12-14; Rh. III ii 1404b34-35).16
Ambas clasificaciones son, pues, sencillas y coinciden entre sí expresamente solo en la primera y en la tercera clase. La clasificación de la Poética resulta más clara: en el lugar correspondiente se señala que la condición de “dialectal”, que es una variedad del componente “extraño” (xenikón) en la expresión, y la condición de “corriente” (kýrion) no son absolutas, sino relativas, pues una misma palabra tiene una u otra de esas notas de acuerdo con la región (de habla griega) que se tome como referencia: la palabra “corriente” en una comunidad, es o puede ser dialectal en otra; así, “sígynon” es usada en Chipre para decir “dardo”, pero no en el Ática, donde es una expresión exótica (Po. XXI 1457b3-6). Las que restan son, entonces, la palabra “corriente” y la metáfora, que propiamente no son en verdad dos clases de palabras, sino más bien solo dos usos diversos de las mismas palabras, esto es, el uso propio o recto y el uso figurado o metafórico respectivamente; por consiguiente, la metáfora es una palabra corriente usada en sentido metafórico, mientras que la palabra corriente (kýrion ónoma) es la palabra corriente usada en el sentido corriente (kyríos). Según esto, la poeticidad de la expresión resultaría de la inserción, en un discurso formado básicamente por palabras corrientes, de [a] unidades léxicas griegas, como las corrientes, pero dialectales o que connotan un uso regional o exótico específico (y que en ese sentido son xenikà onómata) y de [b] unidades léxicas propias empleadas metafóricamente, cosa que también hace de ellas, aunque en otro sentido, palabras con el sesgo de extrañas (xeniká). Las dos clases de palabras se constituyen en tales, esto es, en extrañas o en metafóricas, por tanto, en razón del contraste con el fondo de palabras corrientes o habituales (kýria).
En la clasificación de la Retórica no se incluye definición alguna de “propio” (oikeîon), noción que, por otra parte, es claro que no concuerda con la de “dialectal”(glôtta), que es su correlato en la otra clasificación; o bien podría conjeturarse, en todo caso, que hay una eventual correspondencia entre ambas nociones, y que tal correspondencia es [a] o de índole dialectológica o [b] de índole semántica: [a] Aristóteles puede estar pensando en las diferencias regionales de habla, y dar a entender con “oikeîon” la “unidad léxica propia del habla (real o supuesta en la ficción) del lugar” de las acciones de una pieza (narrativa o dramática), esto es, como elemento de una suerte de realismo lingüístico; o bien [b] puede que se refiera a la denominación que es la “propia” de una cosa, es decir, el nombre que en verdad tiene en el léxico, en cuyo caso [i] se acercaría a la de “kýrion” o, más bien, se identificaría con ella; por tanto, “kýrion” podría tener sentido puramente estilístico (“registro corriente de habla”), y calificarse de “oikeîon” el nombre que, dentro del mencionado registro de lo “kýrion”, es el “propio” para denotar determinada cosa. En este último caso, la noción de “oikeîon” se acercaría a la de “ídion (propio)” introducida en otro lugar de la Retórica (Rh. III v 1407a33), donde se dice que la “palabra propia” (ídion ónoma) es el nombre que se le da a una cosa atendiendo a la especie última a la que esa cosa individual cosa pertenece.17 Vistos de esa manera, los nombres “propios” (ídia) no son, por tanto, ni los nombres “corrientes” (koiná) ni los nombres “comunes” (oikeîoi), por ser conceptualmente diversos; o, mejor dicho, un mismo nombre podría ser a la vez (considerado en cada caso desde un ángulo distinto) “corriente” (koinón) por oposición a “xenikón”; “propio” (ídion) por oposición a sus hiperónimos, y “común” (oikeîos) por oposición a “idiotikón”.18
A partir de distintos lugares del Órganon es posible, por último, establecer el correlato de las distinciones y las normas en los dominios de la poética y la retórica que se dan en el dominio de la ciencia o de la teoría de la ciencia. Las clases de nombres (onómata) que en la normativa referente a este dominio distingue Aristóteles son las mismas que en la poética y en la retórica, es decir, [i] los nombres corrientes (kýria; koiná) y [ii] las metáforas (que también en este contexto son entendidas como una clase de palabra); y se añade, como si también fuera una clase de palabras, un fenómeno que no es de índole propiamente léxica, sino semántica y que en rigor puede afectar a cualquier forma lingüística, a saber, [iii] la multivocidad (tò pollakhôs légesthai; he homonymía), la cual hace que existan (en la visión de Aristóteles) “cosas que se dicen del mismo modo” aunque la naturaleza de ellas sea diversa;19 en ese casillero incluye a veces Aristóteles la metáfora: la cual, por ser el significante correspondiente vehículo (ocasional) de al menos dos sentidos (el literal y el figurado), es vista como unidad léxica polisémica de por sí, y ello aun cuando el sentido figurado sea hecho valer nada más que de manera circunstancial, y no sea, por tanto, un sentido estable de la palabra. A pesar de esa diferencia Aristóteles suele, pues, equiparar las metáforas a las palabras que en forma regular (en el sistema) y no solo ocasional (en el habla) presenta más de un contenido: por eso, pues, a diferencia de la manera de ver moderna, suele tratar la metáfora como expresión multívoca (como un pollakhôs legómenon) y que por eso conlleva en sí un componente de oscuridad,20 por el que no puede ser empleada en el discurso científico: la expresión científica ha de ser, como se ha dicho arriba, clara (saphés) y unívoca (ser un monakhôs legómenon), y excluir, por otra parte, todo componente que remita a la subjetividad de un emisor, y en el discurso científico hay que valerse, en definitiva, nada más que de unidades léxicas corrientes y comunes ([i]) hechas valer en su sentido literal. Más aún, hay que valerse preferentemente de la especie de esas unidades que son, según se las caracteriza en los Analíticos, “los nombres comunes tradicionales (tà paradedoména koinà onómata)”: con eso no solo da a entender que las palabras por emplear no deben ostentar sesgo alguno de neologismo novedoso o expresión peculiar de determinado hablante (APo. II xiv 98a13), sino de ser palabra con un contenido consolidado por un largo empleo.21
Habíamos señalado que en la visión de Aristóteles la expresión científica debía ostentar el mayor grado posible de claridad y de univocidad; se ve ahora que, aparte de eso, de ella ha de estar ausente toda remisión a una subjetividad particular y a las circunstancias concretas de un acto y de un contexto determinado de su enunciación: con ello parece haber quedado fijada para la tradición la relación de solidaridad entre la objetividad y la impersonalidad expresiva que es propia del discurso científico tradicional.
7. La metáfora
Aristóteles fue el primero en delimitar la noción de metáfora y darle el nombre de “metáfora” (metaphorá) que aún usamos.22 Aparte de eso, su visión de la metáfora determinó, o, por lo menos, condicionó notablemente, la forma en que la posteridad concebiría el fenómeno metafórico,23 el cual, si bien tiene, por cierto, importancia en la expresión poética, no es, empero, un fenómeno de pertinencia únicamente poética, sino un hecho lingüístico general, puesto que la metáfora, antes de darse en la poesía o en la filosofía, se da en forma espontánea ya en el uso corriente del lenguaje. Por otra parte, la noción aristotélica de metáfora diferiría de la noción hoy vigente solo en que, como se ha visto, Aristóteles la cataloga como una especie léxica, es decir, como una clase de palabras al lado de las otras que se han visto arriba, mientras que en la visión moderna no hay palabras que de por sí sean metáforas (salvo que se clasifique como tal la metáfora lexicalizada o “muerta”), sino que las metáforas se dan solo ocasionalmente, esto es, cuando una palabra es aplicada en un sentido que no es el suyo propio, regular u originario, y pese a eso es inteligible o comprensible.
Pues bien, la capacidad de producir metáforas (tò metaphorikòn eînai) es, a juicio de Aristóteles, la condición más importante y valiosa en el poeta y en el orador: supone la capacidad de percibir semejanzas o, más bien, se confunde con ella (Po. XXII 1459a3-4).24 Además, la figura que resulta de eso y que lo expresa, combina, de manera única, la claridad (tò saphés), la extrañeza (tò xenikón) y el agrado (tò hedý); y al mismo tiempo es expresión de originalidad, pues la metáfora es cosa que “no se puede tomar de otro”: ostenta, en definitiva, todas las cualidades que aristotélicamente se le pueden pedir a una palabra desde el punto de vista de la esteticidad y la eficacia y el interés expresivos.25
El mecanismo en que se basa la producción de la metáfora (metaphorá) consiste, según Aristóteles, en la transferencia (epiphorá) del contenido de una unidad léxica a otra unidad léxica;26 lo que resulta de ello puede ser descripto, pues, como la substitución ocasional de una palabra que es nombre propio de una cosa, por otra palabra, que es nombre propio de una cosa distinta de la primera. Dicho de otro modo, una palabra, sin perder su sentido primero u originario (el cual queda, por así decirlo, en suspenso, pero presente), pasa a funcionar (en determinado contexto o en determinada ocurrencia, etc.) como denominación de una cosa de la que ella no es la denominación usual o acostumbrada, pero sin que eso estorbe su inteligibilidad (Po. XXI 1457b6-7).27 Ahora bien, para que la expresión metafórica sea posible, es menester que entre los contenidos de las dos palabras en cuestión se dé una relación de cercanía semántica o conceptual (descripta hoy por lo común como semejanza): digamos, entonces, que a causa de la señalada coexistencia de dos sentidos (uno en el primer plano y otro en el segundo plano), el uso metafórico de las palabras conlleva un notorio grado de extrañamiento semántico y de perceptibilidad u opacidad del propio vehículo sígnico, fenómeno que es, al parecer, tanto más marcado cuanto más distan entre sí los campos semánticos o conceptuales de uno y otro término; con todo, la distancia, como ya se ha dicho, no ha de ser tan grande que el sentido que se aspira a hacer valer no sea visible, y se incurra entonces en la enigmaticidad. En este aspecto, como en todos los demás que conciernen al nivel de la expresión, la consigna estilística aristotélica fundamental es la ya sugerida de producir enunciados singulares, pero inteligibles, cosa que, como se ha señalado, requiere no alejarse demasiado del valor de las formas expresivas usuales, porque eso acarrea el riesgo de que el sentido se oscurezca y se incurra en el ridículo (Po. 1458b11). En no menor medida es menester evitar el rasgo estilístico opuesto que conllevan las formas usuales de expresión, a saber, la nota de trivialidad: a juicio de Aristóteles, la metáfora es un recurso apto para ajustarse a ese fundamental consejo estilístico de la equidistancia entre la singularidad y la trivialidad expresivas.
En Poética XXI28 se dice que el proceso de producción de las metáforas se da sobre la base de las siguientes relaciones: [a] o una relación de analogía (A : B : : C : D);29 [b] o una relación de hiperonimia (uso del término genérico para denotar la especie), esto es, sobre la base de una relación equiparable a la sinécdoque; [c] o una relación de hiponimia (uso del término de la especie para denotar el género), esto es, mediante otra variedad de la sinécdoque; [d] o una relación de cohiponimia (uso del término de una especie para denotar otra especie del mismo género; de eso resulta la que también se la puede equiparar con una relación metonímica o de contigüidad).30 Las tres últimas variedades se basan, por tanto, en relaciones entre géneros y especies o entre especies de un mismo género; la primera (aunque Aristóteles no lo describe de este modo) corresponde a una relación (de la señalada índole analógica) entre dos géneros diversos.
Modernamente las tres últimas variedades ([b], [c], [d]), esto es, las que no se fundan en la analogía, sino en relaciones entre género y especies, no son vistas como metáforas, sino, en todo caso, según ya se ha sugerido, como formas o de la metonimia ([b] y [c]) o de la sinécdoque [d]), y acaso ni siquiera se las perciba como expresiones figuradas sin más: ese es el caso del uso de “detenida” por “anclada”, de “sacar” por “cortar” y de “cortar” por “sacar”);31 la variedad consistente en el uso de la especie (“mil”) por el género (“muchas”) equivale más bien, como se ha dicho, a una sinécdoque. La variedad restante ([a]), es decir, la basada en la analogía, es sin duda la más valorada por Aristóteles, tanto en la Poética cuanto en la Retórica; el esquema proporcional señalado (A : B : : C : D), que es el de una metonimia doble, hace posible formar expresiones novedosas e interesantes por medio del solo reemplazo de los miembros de uno de los pares por el miembro que le corresponde en el otro; por ejemplo, dice Aristóteles, si se advierte que la relación del escudo con Ares es análoga a la relación entre la copa y Dioniso, entonces, se podrá llamar a la copa “escudo (de Dioniso)” o al escudo, “copa (de Ares)”; o, de manera mucho más notable e interesante, una vez advertida la relación analógica que se da entre las etapas del día y las etapas de la vida, se podrá llamar a la vejez “atardecer de la vida”.32 Esta variedad (que, como hemos dicho es, al parecer, universal) puede ser captada en forma directa o intuitiva o espontánea por todo hablante, esto es, sin que, para comprenderla, haya que reconstruir el mecanismo que ha llevado a ella.
8. Acerca de la metáfora en Retórica III
En su tratamiento en el dominio de la Retórica los valores de la metáfora presentan ciertos contrastes con lo expuesto en la Poética. Cabe señalar al menos tres puntos.
[1] Una primera novedad que se da en la Retórica (III x) es la inclusión de la metáfora en una clase de figuras a las que Aristóteles cataloga allí como “asteîa”, denominación que las caracteriza como formas de expresarse propias de la ciudad (del ásty), esto es, “urbanismos”. La noción está ausente de la Poética: cabe suponer, pues, que Aristóteles la elaboró después de la redacción de ese tratado. Los asteîa incluyen expresiones metafóricas que apuntan a exhibir un proceso de “actualización” (enérgeia) en las cosas denotadas o descriptas, esto es, a “poner en acto” (tó enérgeian poieîn) esas cosas. La noción corresponde a la cualidad de determinadas expresiones que causan la impresión de mostrarnos las cosas y los hechos como si se hallaran “en actividad” (energoûnta), es decir, como si su actualización se desplegara ante el receptor, y ello en virtud del efecto de marcada vividez que, según entiende Aristóteles, producen. El filósofo caracteriza tal capacidad como la de “poner las cosas ante los ojos” (prò ommáton poieîn).33 Ése es el caso, por ejemplo, de cuando se presenta a la juventud como floreciente (antoûsan ékhonta tén akmén), o cuando se procede a la manera de Homero, esto es, presentándose lo inerte como si tuviera vida (tà ápsykha émpsykha légein); por ejemplo, cuando dice “la flecha deseosa de volar”.34 En este y en otros puntos la expresión retórica pareciera contrastar con la expresión poética en la medida en que, en lugar derivar el interés estético del hecho, ya señalado más arriba, de hacer que el receptor se demore en la expresión, ahora se destaca o se propende a destacar el valor de las expresiones que causan en cierto modo el efecto contrario a ese, a saber, el de la captación fácil o rápida (manthánein radíos; máthesin takheîan) de los contenidos de los que la expresión es vehículo.
[2] En el mismo lugar (Rh. III x 1410b10-13), Aristóteles da a entender la utilidad que para la retórica tienen las relaciones de contrariedad implícitas en la relación entre las especies de un mismo género en que, según se ha visto poco más arriba, se basa la distinción de las formas de la metáfora ([b], [c] y [d]) que no se fundan en la analogía; de ello resulta que esas relaciones no revisten importancia e interés solamente en el dominio de la poesía, sino también en los de la dialéctica y la retórica; así, el remplazo de una especie por una especie contigua del mismo género, del que resulta una de las variedades (de sesgo metonímico) de la metáfora vistas arriba, muestra que, por ejemplo, son nociones cohiponímicas (y potencialmente metafóricas) la de “suplicar” y la de “mendigar” (Rh. III ii 1405a15-16), en la medida en que son especies del género “pedir”. Esa relación semántica autoriza al orador a decir (metafóricamente o valiéndose del desplazamiento metafórico de un especie a otra especie dentro del mismo género, y según su intención sea sugerir determinada valoración, agregando para eso una nota positiva o una negativa a la misma acción), que el que suplica, mendiga, o que el que mendiga, suplica: es claro que con eso la acción (genérica) de pedir, que es denotada de una manera específica en cada caso, se tiñe de notorios matices valorativos contrarios. Vistas de esa manera las diferencias, se pueden reconocer en los eufemismos, en las mitigaciones, en las atenuaciones, en las hipérboles y aun en la ironía (si se llega al contrario) relaciones comparables a las metáforas. Puesto que se trata de estructuras semánticas cuya índole en Poética XXII ha sido reconocida como metafórica, específicamente son afines a la variedad “metonímica” de la metáfora. Desde ese punto de vista, si, dentro de un mismo género, una de las especies contrapuestas tiene sentido positivo, y otra tiene sentido negativo, entonces el orador (o el poeta) puede escoger la alternativa que mejor armonice con sus propósitos, y presentar, por ejemplo, al que delinquió como el que “ha cometido un error”, o al que robó como el “que se ha provisto” una cosa; o decir, acerca de Orestes, o que es “vengador de su padre” o que es “matricida” (Rh. II ii 1405a25-28).
[3] Por otra parte, en el mismo contexto (Rh. III iii 1406b2), Aristóteles subraya la cercanía entre la similitud que está en la base de la metáfora y la que se expresa en la comparación (“Aquiles saltó como un león”), es decir, en la figura denominada eikón (término cuyo sentido es “imagen” o “símil”);35 sostiene incluso que el eikón es una metáfora, o una especie de metáfora, en razón de su proximidad, esto es, porque difieren poco entre sí (diaphérei mikrón). Decir que Aquiles saltó como un león equivale, así, a producir un eikón. Aristóteles entiende que, mediante la operación de transferencia del nombre,36 el proceso ya se ha consumado: Aquiles ha sido visto como un león. Eso es el eikón, el cual —según afirma el filósofo en ese tratado— es metáfora, como se corrobora si se elimina el nexo comparativo.37 En la Poética, en cambio, no se hace referencia a la noción de eikón.38
9. Inteligibilidad y enigmaticidad
En la explicación aristotélica, en la medida en que la metáfora (o la figura a que el poeta apele) conlleve una novedad o cierto grado de novedad, la interpretación de su sentido podrá no ser inmediata. En todo caso el oyente (o el lector) es llevado, en un primer momento, a suponer que el sentido de la expresión es el literal, cuando en realidad no es así: eso es descripto en la Retórica como un modo de inducir al receptor primero a una suerte de engaño (proexapatân), en el cual permanece hasta que, tras demorarse en la expresión, cae en la cuenta de que el sentido que se echaba de menos en una palabra, en realidad estaba representado, en esa ocasión, por otra palabra (esto es, por la que, mediante un procedimiento metafórico, el autor “ha reemplazado” la palabra que era natural esperar). El descubrimiento de que ha sido así se acompaña naturalmente de placer, uno se dice a sí mismo: “¡Ah, era eso! ¡Y yo que no me daba cuenta!”.39 Ese segundo sentido siempre deberá ser accesible, pues, piensa Aristóteles, la comprensión siempre tiene que ser posible.
Como se ha señalado más arriba, las cualidades estilísticas opuestas básicas o últimas que se han señalado (kýrion: xenikón) son graduales, así que en la base de la preceptiva aristotélica se puede suponer, como se ha dicho también más arriba, la idea de una secuencia gradual que une el polo del grado máximo de la condición de kýrion (tò kyriótaton) que las palabras puedan ostentar, con el polo del grado máximo de la condición de xenikón (tò xenikótaton) de ellas; por otra parte, dada la solidaridad entre la condición de “corrientes” (kýria) de las palabras, su claridad semántica y la habitualidad de su uso, y dada asimismo la correlativa solidaridad de la condición de “extrañas” (xeniká) de las palabras con la oscuridad semántica y el carácter no habitual de su uso, habría que admitir también una gama teórica gradual que uniese los polos del máximo de inteligibilidad y el del máximo de ininteligibilidad, los cuales se corresponderían al mismo tiempo con los polos estilísticos de la máxima enigmaticidad y la máxima trivialidad respectivamente.40
Ahora bien, Aristóteles piensa que la enigmaticidad debe ser evitada, y ello por la misma razón por la que se deben evitar un neologismo arbitrario, una expresión en otra lengua o (lo que es lo mismo) en una variedad dialectal incompresible (glôtta); es decir, se las debe evitar porque esas formas sencillamente no son portadoras de un sentido que le sea accesible al receptor. Se las debe evitar tanto como al mismo tiempo se deben evitar las contrarias, es decir, las que ostenten la transparencia máxima y que estilísticamente hagan por eso que toda expresión sea una expresión trivial (tapeinè léxis), es decir, responda a un modo vacío o inane de escribir que Aristóteles parece asociar en particular a la presencia de la palabra ordinaria (tò idiotikón), esto es, la palabra carente de todo relieve, y que no suscita ningún interés. Como en otros órdenes, la excelencia (areté), que en este caso es la excelencia expresiva, se situaría, al menos según la Poética,41 en el punto medio entre aquellos dos extremos. Por consiguiente, lo más importante en la expresión poética es, en definitiva, acertar con una medianía estilística que permita pasar sin accidentes por el espacio, no siempre amplio, que se extiende entre la Escila de la enigmaticidad y la Caribdis de la trivialidad.
10. Acerca de la recepción en la Retórica
La visión general del lenguaje y de la comunicación y la mayoría de las distinciones teóricas presentadas en la Poética son, como ya se ha señalado, válidas asimismo para el ámbito de que se trata en la Retórica. Ante todo, los requisitos generales de la claridad (tò saphés) y la conveniencia (tò prépon) o coherencia de la forma de expresión con la importancia (tò axíoma) del tema, más la norma estilística de que en ninguno de esos dos ámbitos, ni en el poético ni en el retórico, la expresión (léxis) deba resultar trivial. Pero al mismo tiempo el trabajo del poeta y el del orador difieren uno de otro en más de un punto, a saber, en la forma de la expresión (poesía: prosa) y en el propósito de lo que presenta (purificación [kátharsis]: convicción); cabe añadir que, por otra parte, esos géneros se deben ajustar a criterios diversos en cuanto concierne a la verosimilitud o a la aceptabilidad de las suposiciones de realidad vigentes en ellos. En el dominio de la retórica es esencial ceñirse rigurosamente a lo que es creíble o confiable (tò pithanón), y omitir, por tanto, en la expresión toda nota de artificiosidad que pueda suscitar en los oyentes la impresión de que se está procurando inducirlos a un engaño. Para ello, el orador debe escoger únicamente las especies de palabras (onómata) ya mencionadas, a saber, las corrientes (kýria), las propias (oikeîa) y la expresión metafórica (metaphorá), que son las que se emplean en el discurso usual, cuyo estilo el estilo orador debe compartir o remedar.42 En cambio, en el ámbito de la retórica las palabras extrañas (xeniká), las compuestas y los neologismos (tà pepoieména), recomienda Aristóteles, se deben usar en número reducido y en pocos lugares (oligákis kaì oligakhoû), porque, no siendo el marco el de la ficción, esos recursos suscitan, como se ha dicho, la desconfianza de los oyentes. La singularización de la selección léxica es, por cierto, siempre indispensable, en particular a los fines de apartarse de la trivialidad expresiva, cosa que, como se ha visto, es requisito aun en el dominio de la retórica; pero su preceptibilidad tiene que ser muchísimo menor o aun nula. La consigna fundamental en ese y en otros puntos, piensa Aristóteles, es la de ajustarse a la regla de lo adecuado o apropiado (tò prépon) en todos los niveles de la composición del texto, para lo cual no pareciera haber reglas definibles aparte del buen sentido, el cual hará que la expresión se ajuste a la condición de prosa que le es propia y no se dé nada que esté por encima de ese registro (hypèr tò axíoma) (Rh. III ii 1404b1-4). Desde luego, si el orador procede debidamente, en su expresión podrá haber cierto componente de artificiosidad léxica (tò xenikón), y él deberá saber cómo ser claro de todos modos, pues la excelencia (areté) del discurso retórico, dice Aristóteles, es justamente esa: recurrir al artificio, pero de modo tal que el artificio pase inadvertido.
11. Acerca de la identificación y la interpretación de la metáfora
Cabe agregar ahora que, en Aristóteles, el concepto implícito de interpretación de las palabras y, por tanto, del sentido de las expresiones metafóricas, es prácticamente el mismo en Poética y en los Tópicos. Esa coincidencia deriva de que es ambos tratados se considera válida la fundamental idea, ya vista, de que el mecanismo que está en la base de toda metáfora es la substitución de una palabra por otra. En conformidad con eso, interpretar las formas poéticas en general consiste, en definitiva, como en cierto modo ya se ha visto, en determinar o identificar la palabra corriente (xenikòn ónoma) que el poeta ha omitido en forma deliberada en favor de propósitos estéticos (o que el dialéctico no ha empleado por error o por mala fe), y ha optado por emplear otra palabra en su lugar. De eso resulta, en definitiva, que la interpretación sea, para Aristóteles, una traducción (en cierto modo una traducción regresiva) en términos de unidades léxicas habituales o corrientes (kýria onómata), de la expresión dada que ostente el sesgo, opuesto a ella, de palabra extraña (xenikòn ónoma).43 Como se ha visto, en la poesía, esa traducción consiste, más que nada, en reemplazar (metatithénai) por nombres habituales todas las variedades de nombres extraños (xenikà onómata) a las que el poeta haya recurrido (Po. XXII 1458b17-18). Aristóteles parece dar por sentado que esa substitución es siempre viable, a costa, desde luego, de la cualidad estética (Po. XXII 1458b21-22), pues la poeticidad deriva, como se ha señalado ya varias veces más arriba, justamente de haberse hecho una selección léxica divergente (motivada por la analogía o por algunas de los demás mecanismos metafóricos) del uso habitual del léxico. Ese léxico es, por otro lado, el mismo que ahora, en el momento de la recepción, parece funcionar como instrumento hermenéutico, esto es, como instrumento de traducción, y ello en la forma de unidad léxica por unidad léxica: es decir, en el momento de la producción de la metáfora una unidad léxica reemplaza a otra, y en el momento de la interpretación se concibe la unidad usada metafóricamente como representante del mismo contenido (conceptual o semántico, aunque no connotativo) que el de la unidad léxica originaria reemplazada. Por eso parecería lícito decir que para Aristóteles la figura no funda o no podría fundar un sentido rigurosamente nuevo: desde ese ángulo, la poesía puede ser indispensable para otros fines, mas no para el de señalar algún aspecto nuevo de la realidad, porque, como parece y ya hemos señalado, en su visión el léxico habitual suministra los medios significativos aptos, suficientes e indispensables para expresar virtualmente todos los contenidos posibles.44
Las palabras habituales o corrientes usadas en la traducción que, como se acaba de ver, es en lo esencial la interpretación, no parecen necesitar ser traducidas a su vez ellas mismas; o bien, se las puede aclarar, desde luego, pero esa aclaración no haría más que llevar al plano metalingüístico de una definición nominal: a no ser, quizás, en casos de equivalencia (denotativa) absoluta (esto es, de sinonimia absoluta) entre dos unidades léxicas que se aclarasen sin residuos la una a la otra, como es, según Aristóteles, el caso de “lópion” ; “himátion” o el de “poreúesthai”: “badízein”.45 En cualquier caso, en el proceso de interpretación descripto las palabras traductoras últimas serían las que ostentan el rasgo de la primariedad o, como se ha dicho arriba, la condición de palabras de grado cero, por estar para el hablante, a juicio de Aristóteles, directamente enlazadas con la noción de la cosa; o, dicho aun de otro modo, por arraigar en el saber lingüístico inmediato, que hace que su comprensión sea inmediata, esto es, que no requiera de momento o enlace hermenéutico ulterior alguno.
La palabra usada en sentido metafórico es, entonces, portadora de dos sentidos (el literal y el figurado), así que resulta ser (junto con muchos otros y como se ha señalado supra) un caso de multivocidad, esto es, de homonimia en el sentido aristotélico del término. Por eso en el dominio específico de la expresión científica el uso de una palabra no habitual que se presente como incoherente en marco del contexto, requiere, según se ve en los Tópicos, de una aclaración, cuyo instrumento es la aplicación crítica de la lista de las variantes de la multivocidad (multivocidad tanto homonímica no metafórica cuanto metafórica) en un uso hermenéutico de ellas, el cual deberá proseguir hasta que se haya determinado la palabra habitual que haya sido “reemplazada”, y cuya restitución devolverá la coherencia que se había echado de menos. Si con el auxilio de esa tipificación la traducción no es posible, ese solo hecho indicará que la expresión no es interpretable o normalizable, esto es, que carece de sentido. Aristóteles ilustra ese sinsentido con un caso de uso de las palabras ‘métron’ o ‘eikón’ en fórmulas que en las que se declara que la ley es la ‘medida’ o la ‘imagen’ de las cosas naturalmente justas (Top.VI ii 140a7-8). Una expresión así, que es, dice, “peor que la metáfora” (Top. VI ii 140a8: kheíro tês metaphorâs), alcanza el grado máximo de opacidad, esto es, ostenta una enigmaticidad insoluble.46
La actividad hermenéutica que se acaba de comentar se plantea fundamentalmente ante el texto escrito,47 y es desde luego ese nivel, esto es, el nivel discursivo escrito, el único que nos es dado apreciar, puesto que el plano de la representación (hypókrisis o actio) oratoria, teatral o dialéctica originaria no nos es accesible; en fin, nos es dado acercarnos solo a un plano único y aislado de un fenómeno extraordinariamente complejo como lo sería la realidad de la representación de una pieza dramática o el recitado de un cantor o de un orador en una asamblea o en los tribunales; de eso no podemos apreciar nada más que el nivel lingüístico documentado. No hay modo de imaginar o recrear o reconstruir, con ningún grado de fidelidad aproximada, estimable o comprobable, los componentes tonales y rítmicos de la declamación de los actores. Y si mágicamente eso ocurriera, tampoco sabríamos apreciar en esos componentes (más que en conformidad con los criterios actuales, que serían anacrónicos y no pertinentes) los valores connotativos y afectivos, y, en general, las infinitas resonancias de toda índole que originariamente le corresponderían. La misma limitación se da, desde luego, en el caso de la oratoria, en la que, dice por otra parte Aristóteles, la capacidad de “poner en escena” el discurso y de hacerlo eficazmente dependían de dotes personales, es decir, naturales, en los que una codificación teórica en términos de las reglas de una tékhne es imposible, según Aristóteles, que, por otra parte, nos asegura que en la práctica hay discursos que tienen más fuerza por su expresión que por su inteligencia (Rh. III i 1403b27-1404a19).
12. Cierre
La frase incluida como epígrafe en este trabajo refleja una de las líneas de la herencia aristotélica que han llegado a estar presentes en las teorizaciones contemporáneas, y que, a nuestro modo de ver, merece ser considerada o al menos señalada. De acuerdo con lo que Schklovski declara en el texto allí citado, en virtud de “las leyes generales de la percepción”, la repetición de los actos perceptivos conduce a su automatización, esto es, tales actos se tornan habituales, así que dejamos de tener conciencia de ellos: carecen de la novedad y la frescura de cuando se los realizó por primera vez. El teórico ruso explica que eso mismo ocurre en el trato que tenemos con el lenguaje, y ello tanto en la condición de emisores cuanto en la de receptores. El discurso corriente propende a ser, afirma, un discurso empobrecido por obra de la señalada automatización, la cual, por otra parte, afectaría no solamente el uso de las palabras, sino también la percepción de las cosas: propendemos, dice, a limitarnos a expresar en forma incompleta las palabras, y a no percibir íntegramente las cosas. Piensa que el arte va (o debiera ir) en la dirección contraria: hace que percibamos las palabras y las cosas como lo hemos hecho en el trato inicial con ellas. El arte les restituye, pues, la origenariedad. Como lo indica la frase del epígrafe, las ideas de Aristóteles habrían ido, según el autor, al que sin duda inspiraron, en el mismo sentido.
Por cierto, no se puede decir, al menos a propósito de la poesía dramática, que el papel central del arte sea, en la visión de Aristóteles, estrictamente ese. De todos modos, es claro que en el dominio considerado por Schklovski la visión aristotélica presenta una evidente y nítida consonancia con las ideas de ese autor y de sus compañeros de la frustrada escuela formalista, y ello, al parecer, no por azar, sino como efecto del hallazgo de la noción de “extrañeza” (tò xenikón) que la estilística aristotélica declara que la expresión poética tiene o debe tener, y que los autores de la escuela formalista hicieron suya en términos de “extrañamiento” (ostranénie).48 Schklovski ve un factor fundamental de la poeticidad en el hecho de tornar “extrañas” las palabras y las cosas, visión que, como hemos procurado mostrar en lo que precede, deriva, sin duda, de la apreciación positiva del carácter de “extraño” (xenikón) del enunciado poético, propiedad contrastiva que ostentan todas las figuras poéticas, y les confiere a las palabras y a las cosas una singularidad equiparable a la de la belleza, apartándolas con ello de la inexpresiva y penosa trivialidad.
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Notas
Recepción: 27 Enero 2026
Aprobación: 20 Febrero 2026
Publicación: 01 Agosto 2026